Relatos

Hilos fríos

Tanto, tanto frío que la vacuidad llenaba por completo su cuerpo. Flotaba en el aire húmedo, lleno de nostalgia. Sus recuerdos se deslizaban por un hilo, eran un cubo de hielo que podría desestabilizarse en cualquier momento. Un mar en un congelador. Y sentía la nieve a pesar de que el astro amarillo cegaba sus ojos. Recuerda el cálido pasado y siente abrigado el corazón. Aquel verano había cambiado tanto su vida que ahora ella era frío. Únicamente frío. Nada más que frío. Un doce de junio, mariposas que salen de la boca de un niño. Labios que rebosan vida y se sumergen en un mar de lágrimas olvidadas. Adiós, Rusia…

Anette vivía en una casa en las afueras de Bruselas. Sus padres eran fabricantes de títeres, y de niña solía pasar las tardes jugando a ser el motor del mundo de aquellos seres inertes. Además, adoraba leer los libros que había escrito su padre. En ellos, Ludovic Laneve explicaba la historia de las marionetas y otros juguetes, pues siempre había sido una de sus grandes pasiones. Anette se moría de ganas de devorar los libros que se encontraban en la parte más alta de la estantería de la biblioteca, pero su padre le decía que los había escrito, sin querer, para los «no niños». Anette adoraba a su padre, a quien nadie leía, ya que ninguna editorial se había interesado nunca por sus libros, pero Ludovic se refugiaba en la escusa de que nadie comprendía lo interesante que podía resultar aquel mundo. Aquel hombre amaba a los niños como nadie, y a veces su espíritu se volvía demasiado niño-altruista.
La tienda se encontraba justo debajo de la casa de Anette, y siempre había niños delante del escaparate, donde se producía semejante espectáculo que los pequeños se quedaban hipnotizados de forma estatuaria. Con los ojos bien abiertos, entraban en un mundo donde las marionetas viajaban en norias, carruseles, trenes y demás. Ludovic no soportaba ver que, día tras día, los chiquillos eran cogidos de los brazos por sus madres, serias cuales directrices, y estallaban en lágrimas. Por esta razón, había decidido regalarles de cuando en vez pequeñas piezas de marionetas que podrían esconder sin que lo supiesen aquellas Doñas Perfectas, y de este modo los pequeños podrían ir construyendo ellos mismos, a escondidas, sus propios títeres. Anette, que siempre espiaba lo que hacía su padre y comparaba aquella acción con las de los demás hombres, no podía escaparse de los hilos de Electra.
La niña fue creciendo y formándose. Cuando entró en el mundo del instituto se dio cuenta de que su familia no tenía muy buena fama, pues construir juguetes no entraba dentro de las «cosas serias», y también llegó a descubrir que a muchos niños les habían prohibido acercarse a la niña. Sin embargo, a Annete era precisamente eso lo que más le gustaba de su familia: la alegría, la vitalidad del día a día, el juego de su vida. «La vida es un juego, pequeña», le decía su padre, algo que Anette no llegaba a comprender a la perfección; todavía era demasiado pequeña para conocer el significado de la vida, si es que alguien lo sabe. Por esa razón, el rechazo que sufrió constantemente no hundió a Anette. Todo lo contrario: gracias a eso, comenzó a frecuentar un ambiente alternativo, descubrió el sentido de la filosofía y la belleza de la Historia, la magnitud de las palabras y el Arte con mayúscula. Ingresó en la facultad de filosofía belga. Anette amaba la relación entre el ser y la nada, sentía especial predilección por la metafísica y el existencialismo, así como también le apasionaba Fierens Gevaert, cuyo nombre le recordaba, no sabía por qué, al amans,amantis latino. La joven sentía que estaba destinada a regar la Tierra con el agua de la filosofía más pura.
Estaba a punto de llegar el verano de su segundo curso universitario, y una tarde como otra cualquiera, Anette entró en la tienda de su padre para que este descansase un poco.

—Anette, qué alegría, hija, estoy agotado… Menos mal que solo falta una hora para cerrar la tienda.
—Sube a casa, papá; ya cierro yo la tienda.
—Eres un encanto, mi pequeña Anette. ¡Ah! Por cierto, hoy llegó una carta para ti de la Universidad de Moscú.
—¿En serio?, ¿estás seguro?
—Sí, sí, la tengo aquí; espera.

Anette abrió el sobre y leyó la carta. Se trataba de una invitación para pasar el verano en la facultad de filosofía de Moscú. Resulta que un trabajo de la joven había llegado a manos del decano de la misma, quien, tras leerlo, hizo todo lo posible para aquella brillante mente visitase la facultad.

—¿Qué es, hija?
—Pues… resulta que voy a pasar el verano en territorio ruso.
—¿De verdad? Pero me temo que eso nos va a a salir demasiado caro…
—No, papá, aquí pone que está todo pago. Es una especia de beca de la Universidad de Moscú.
—¡Caray!, ¡qué alegría!

La felicidad de Anette se le contagió a todas las criaturas de las estanterías. Rusia… Anette amaba su historia, y soñaba conocer a los tataranietos de los soldados que derrotaron al propio Napoleón. Rusia… Tendría que llevar ropa de abrigo a pesar de ser verano.
Y así sucedió. No sin pena, pues nunca había pasado más de una semana sin la compañía de sus padres, Anette cogió un avión en el aeropuerto de Charleroi con destino a Moscú. En el aeropuerto de destino la esperaba un joven que manejaba a duras penas el francés, pero era el único alumno de la universidad que podría, por lo menos, pronunciar correctamente unBienvenue en Russie, Annete! El joven condujo a la extranjera hasta su residencia y le entregó la llave. Anette llegó a comprender que se llamaba Diman y que era estudiante del último curso de Historia y de Música, lo que supuso un alivio para ella, pues suponía que nombres como Nicolás, Balduino o Napoleón no cambiarían mucho de una lengua a otra.
A medida que pasaban los días, Anette y Diman fueron cogiendo confianza y quedaron en una cafetería francesa llamada Le P’tit Paris, donde Diman intentó que unas amigas suyas y Anette entablasen una conversación sencilla, pero ambas partes, la rusa intentando hablar francés y la belga pretendiendo pronunciar las pocas palabras rusas que había aprendido, emitían sonidos verdaderamente ininteligibles. C’est impossible, se resignó Diman.
Este último cada vez hablaba mejor francés, y una noche, concretamente el 12 de junio, día de la fiesta de la independencia rusa, Diman llevó a Anette al Teatro Bolshoi. Anette no dejó de pensar en su padre al contemplar cada movimiento de las bailarinas, que movían cada parte de su cuerpo con una delicadeza extrema. Se movían tan ligeramente que parecía que alguien las manejaba desde arriba. Diman no la había llevado al teatro aquella noche por casualidad, sino porque se representaba El último día de Napoleón, cuya entrada el ruso ya había comprado hacía más de un año, y tuvo que ingeniárselas para conseguir la entrada de la butaca situada a su lado para Anette.
Al salir de aquella espléndida representación, Diman le propuso a Anette tomar un café en el P’tit Paris, y allí fueron. Sentados en la terraza de la misma Plaza Roja, intercambiaron impresiones sobre el espectáculo y sobre diversos temas históricos. Además, Anette estaba introduciendo al moscovita en el mundo de la filosofía belga, de la que Diman no sabía absolutamente nada. Tras un largo paseo, se sentaron en un banco de la plaza. Esta vez, en lugar de palabras, intercambiaron miradas y respiraciones.
Durante aquel verano, Anette aumentaba sus conocimientos en la clases de filosofía, sobre todo rusa, y al mismo tiempo ayudaba a Diman a preparar su trabajo de fin de carrera sobre Napoleón y su influencia en la música. Mientras tanto, ambas mentes se fundían en cálidas conexiones.
Pero aquel verano pasó demasiado rápido. El 1 de septiembre, Anette tuvo que regresar a Bruselas. Fue una despedida nostálgica en alto grado. Lágrimas y besos se apagaban en un mar de deseo que estaba predestinado a ser drenado.

«A veces una batalla lo decide todo, y a veces la cosa más insignificante decide la suerte de una batalla», Napoleón Bonaparte.

El tiempo borra incluso aquello que le proporciona más vida a una determinada existencia, y así aconteció en este caso: el rostro de Diman se evaporó y quedó reducido a una sombra, a un eterno fantasma. Anette fue quien envió la última carta, y pasó el resto de su vida esperando una respuesta que contuviese un je t’aime ya inexistente.
Heredó la tienda de sus padres y también su oficio, que alternó con clases particulares de filosofía. Decidió enviar los libros de sus padres a una editorial, cuya publicación resultó todo un éxito. Con el dinero que Ludovic nunca llegó a ganar, a Anette se le ocurrió buscar un emplazamiento mucho mayor para la tienda, pero como no quería que aquella mágica tienda desapareciese de aquel barrio, decidió llevar a cabo diversas reformas y dejarla en el mismo lugar: instaló una sala que servía de biblioteca para niños y otra para mayores. En ellas se podían encontrar, entre otros, los libros de Ludovic, los que tenían en la casa familiar y los que su padre le había comprado cuando era niña. Asimismo, decidió repartir los muñecos por secciones: las marionetas en el estante A, los arlequines en el B… pero el estante especial era el D, el estante de Diman, que contenía pequeños soldados napoleónicos y una marioneta del mismo Napoleón, todos ellos fabricados por Anette poco después de regresar del frío país. Ahora aquella tienda ya no le pertenecía a Ludovic, sino que estaba impregnada de la esencia del pasado nostálgico de la joven Anette.
En aquella tienda entraban diariamente decenas de personas y, paradójicamente, la mayoría de ellos tenían más de treinta años. Anette tenía la impresión de que su padre se encontraba en cada uno de ellos: el juego todavía no había acabado.

«En la guerra, como en el amor, para acabar es necesario verse de cerca», Napoleón Bonaparte.

A las doce de la noche de un once de junio, la tienda cerró para siempre. A partir de entonces, Anette se dedicó a reconstruir a pequeña escala el centro de Bruselas y el de Moscú y a tallar con minuciosidad varias marionetas. Presentó el proyecto que había tenido en mente durante tanto tiempo en el Teatro Real de la Moneda, y la función se estrenó el doce de junio del año siguiente. Anette era la única que manejaba aquellos hilos: la historia de su vida se encontraba en sus delicadas y gastadas manos. Movió todos los hilos de la misma forma en el mismo sentido que su vida hasta llegar al regreso de Moscú. En ese instante, cayó un sobre sobre el escenario y se cerró el telón. Nadie volvió a ver a Anette. Días después apareció, sobre el león de Waterloo, lugar donde Napoleón perdió una de sus batallas más importantes, una marioneta de más de dos metros de alto vestida con traje de soldado. En sus manos sostenía un viejo papel, en donde se podía leer, escrito con letra pulcra de pluma estilográfica, lo siguiente:

Me llamo Anette, aunque supongo que solo soy un nemo más. El arma que me ayudó a sobrevivir en este escenario absurdo ha sido mi también absurda filosofía, que siempre me ayudó a relacionar hilos que en el fondo no tenían ninguna conexión. Lo que he hecho durante toda la representación ha sido fingir que entendía la realidad que me rodeaba, y a veces incluso llegué a creer mis propias teorías. He aquí Diman Blovski, soldado cuya función consistía en desorientarme en el campo de batalla. Napoleón fue derrotado en Rusia y también aquí, en Waterloo. Diman me doblegó en el primer escenario y en la vida, y yo he decidido retirarme aquí.

«Abandonarse al dolor sin resistir, suicidarse para sustraerse de él, es abandonar el campo de batalla sin haber luchado», Napoleón Bonaparte.

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