Relatos

Necesidad de espuma

Acababa de empezar un nuevo año con el que había nacido una nueva manera de explorar mi interior y de proyectar mi energía hacia el exterior. La gente suele hablar de propósitos, pero esta novedad en mí misma se había accionado de forma automática; mi cuerpo se había actualizado sin mi propio permiso.

Sonó el despertador y abrí los ojos acompañada de una sensación agradable. Me levanté, busqué a tientas las zapatillas, me las calcé y abrí la persiana. Llovía; era aquella una lluvia dulce, cálida, por lo que me quedé observándola unos segundos. Disfrutaba de aquella sensación, mi cuerpo amanecía aliviado; pocas veces me había sentido tan cómoda en el abrigo de mi corporeidad.

Me dirigí al baño y me rocié varias veces la cara con agua bien fría. Se trataba aquel de un ritual diario que me proporcionaba una energía que no podría adquirir de otro modo. Todavía con la cara empapada, que regaba el lavabo con un fino riachuelo, dirigí mi vista hacia el jabón y me quedé petrificada en aquella postura durante un buen rato. Aquel jabón rosa chicle que descansaba sobre un plato pequeño de cerámica antigua provocó la aparición en mi mente de una idea curiosa: las personas y los jabones ejercen la misma función. Los jabones se utilizan, generalmente, para eliminar suciedad, y las personas que nos rodean nos sustentan como pilares, nos sirven para purificarnos, para «limpiarnos». Pero en el jabón no depositamos siempre energía negativa, sino que también los utilizamos después de cortar flores, de comer fresas o para eliminar de nuestras manos restos de crema hidratante. Por tanto, nuestras manos también embalsaman el producto con olores refrescantes, agradables, oníricos… El juego consiste en un toma y daca, en una protección mutua, en un calor recíproco.

Ese pensamiento rondó mi mente toda la mañana. Tuve, en un momento, un pensamiento negativo –el jabón se va desvaneciendo por culpa de nuestras manos–, pero precisamente son estas manos quienes lo colman de sensaciones de todo tipo, quienes, en definitiva, le proporcionan vida.

Gracias a esa breve reflexión recordé que de pequeña adoraba la espuma. Ese conjunto liviano, esponjoso, volátil e incluso dulce provocaba en mí una fascinación sin igual. Me entraron unas ganas tremendas de saborearla, de morderla, de recordar su suave olor… Ese día decidí volverme tan jabonosa como cuando, de niña, cubría de espuma a mi hermana al bañarnos juntas, prestando especial atención a que no se le introdujese en los ojos.

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