Relatos

Olbligatorio

Llegó al ambulatorio a primera hora. Abrió la puerta y empezó a palpar las paredes en busca de aquellos interruptores amarillentos. Eran las ocho de la mañana de un día de diciembre que se había despertado negro y lluvioso. Al encender las luces, tuvo que pestañear varias veces para que sus ojos se acostumbrasen a aquel tremendo impacto de luz.

Se dirigió a su despacho y se detuvo unos segundos ante la puerta para contemplar lo que parecía ser su nombre escrito en un viejo folio. Así como la tinta se había difuminado con los años, los bordes del papel parecían haber sido mordidos por un roedor.

No le quedó más remedio que entrar. La primera acción que ejecutó fue encender el ordenador nuevo que le resultaba totalmente extraño. Una enfermera revolucionaria había conseguido, en aras de una modernización para algunos demasiado acentuada, la instalación de todo tipo de aparatos de última generación. No le resultó nada fácil encontrar la carpeta que contenía las mismas pistas de música clásica que llevaba escuchando unos treinta años. Se concentró lo máximo que pudo y recordó los pasos que le había enumerado su secretaria el día anterior para acceder a ella. Tras contemplar la pantalla del ordenador, su mirada se detuvo en una estantería que, literalmente, se caía a pedazos. Recuerda la ilusión de aquel ocho de julio en que le comunicaron que sería médico de cabecera de aquel pueblo que quedaba a apenas veinte minutos del piso que acababa de alquilar. Lo primero que hizo fue pedir en el ultramarinos de abajo una caja de cartón en la que pudiese guardar todos los libros de medicina con los que se había hecho a lo largo de la carrera. Quería colocarlos en su nuevo despacho. Y, sobre el escritorio, un marco con aquella foto de él y de su futura mujer en blanco y negro que tanto le gustaba. Y quizás algún cuadro. Y a ver qué más se podía llevar…

Qué lejos quedaba ahora esa época, cómo añoraba todo lo que había sentido durante aquellos años… Nada más darle al play, una leve sonrisa se intuyó en su cara, aunque aquel hecho no le agradaba tanto como para eliminar del todo el cansancio que el doctor Hernández llevaba encima. Era tan pesado que tenía la sensación de que su estatura menguaba a cada segundo.

Se quitó las gafas y las posó encima de la mesa. Apoyó los codos en ella y estuvo un buen rato frotándose los ojos. Llevaba dos o tres noches sin dormir y su cuerpo empezaba a dar señales de querer explotar (o implosionar, quién sabe). Los contornos de ambos ojos imploraban la aplicación de alguna sustancia fría, o más bien congelada. Habían absorbido momentos de mucha tensión, otros de agobio intenso, pero sobre todo demasiadas lágrimas; lo que había inyectado en ellos demasiado calor.

A sus casi sesenta años, el doctor Hernández tenía la apariencia de un muñeco de cera: tanto la piel de sus manos como la de la cara estaba perfectamente lisa, y si sus pacientes no se le acercaban mucho, no podrían distinguir ninguna imperfección en su rostro. Su pelo no presentaba un color definido, sino que en él se mezclaban grises y blancos de varios tonos diferentes. Sus ojos, de color oscuro, todavía conservaban aquella magia que había cautivado a tantas adolescentes años atrás, cuando tocaba la guitarra en un grupo que intentaba imitar, ahora es consciente de que con ningún éxito, a los grupos ingleses que por aquel entonces revolucionaban la industria musical y escandalizaban a más de un padre.

Aquellos años pasaron entre alcohol y alguna sustancia peligrosa, pero Ricardo terminó dándose cuenta de que en el fondo nunca se había sentido totalmente a gusto en aquel mundo veleidoso. Un viernes, día en el que él y sus amigos se juntaban en el garaje que tenían por local de ensayo, le comunicó al resto del grupo que lo dejaba. Los tres miembros restantes no entendieron sus razones y empezaron a gritarle y a zarandearle. Sin pronunciar palabra, ni mucho menos responder de forma violenta, Ricardo (por entonces Rik en la industria musical) se dio media vuelta y abandonó aquel lugar que le había brindado momentos irrepetibles, de esos que hacen que tu mente se accione y haga de cámara de vídeo. A pesar de todo, todavía podía reproducir alguna de aquellas cintas en las que sonrisas y carcajadas destacaban en los planos. ¿Qué habría sido de Pok, Llaum y Milo? Cómo le dolía que nunca le hubiesen vuelto a dirigir la palabra, ni siquiera después de tantos años… Estrujó fuertemente la cabeza con sus manos, no conseguía recordar sus verdaderos nombres. «Vamos, Ricardo. Acuérdate. Esfuérzate. No puede ser tan difícil». Se levantó y empezó a andar de forma aleatoria por aquel pequeño habitáculo mientras pronunciaba nombres en voz alta. «¿Jaime? No. ¿Emilio? Tampoco, demasiado obvio. ¿Alberto? Qué va…».

La primera paciente de aquel día esperaba detrás de aquella puerta. Ignoraba por completo que el hombre que le iba a atender se encontraba en plena discusión consigo mismo, hasta que empezó a escuchar gritos que procedían del despacho: «¡INÚTIL! ¿Cómo has podido llegar tú a esto? Tanta dieta, tanto ejercicio, tanto alejarte del peligro para acabar así. ¿POR QUÉ, JODER?, ¿POR QUÉ?». Vera, asustada, entró rápidamente y encontró al doctor Hernández en el suelo, sollozando en posición fetal, con la cara casi tan blanca como su bata. «No, no, NO, NO, NO, no puedo ayudarte. Sal de aquí, por favor». La joven, nada más observar los ojos del anciano, discernió en sus profundidades la sinceridad más franca, por lo que no dudó en salir.

1958
Al acabar el flan que había de postre aquel día en el comedor universitario, que le supo a gloria, Ricardo se planteó faltar a la clase que empezaba en diez minutos. Las lecciones teóricas matutinas habían sido demasiado densas, por lo que dedujo que sería mejor tomar un poco de aire fresco durante dos horas y después asistir a la última clase del día. Los miércoles tenía cinco clases teóricas de dos horas cada una, razón por la que para él ese día había pasado a llamarse «miérdoles». Se había propuesto, a principios de curso, que cada «miérdoles» que acabase con vida se zamparía algo que no se permitía el resto de la semana. Cualquier cosa, pero algo con mucho pero que mucho chocolate. Se levantó de la mesa, se despidió de los que aquel día se habían sentado con él (odiaba que en la hora de la comida le acompañase siempre la misma gente) y salió al jardín, dispuesto a refrescar su cabeza. Se sentó en un banco y cerró los ojos, pero cuando los volvió a abrir se dio cuenta de que se había quedado dormido. Al mirar el reloj, comprobó que habían pasado poco más de diez minutos. De pronto, una silueta apareció por la senda que conducía al pabellón principal. No pudo distinguir ningún detalle porque la luz del sol la empapaba por completo. Era ella. Sin duda alguna, era ella.

Y siempre había sido ella, solo que ahora ya no era. Allí, en el frío suelo de aquella gélida habitación pintada del blanco más neutro, Ricardo echó de menos más que nunca a su mujer, la persona de la que había aprendido y a la que le había enseñado todo. «Vera…¡VERA!». De pronto, no recordó nada más.

Ricardo ya no formaba parte del personal de aquel ambulatorio. A Ricardo le habían diagnosticado alzheimer tres meses antes de aquel día.
Nunca se dio cuenta de lo mucho que se parecía su mujer a la joven que había intentado consolarlo. Nunca supo que ambas compartían el mismo nombre. Nunca pudo creer en las casualidades. Hacía tiempo que lo había dado todo por perdido.

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