Relatos

Toc-toc (sensación liviana)

A medianoche le pareció sentir el pálpito del café, y se le antojó uno. Entró por aquella puerta y le pidió un frappé al camarero, que se lo sirvió acompañado de un gofre de hielo y una sonrisa. Le gustaba sentarse en aquella silla invisible que le daba vértigo y posar su taza de cuero sobre un lienzo en blanco. Entonces pensó en el silencio, y nadie más habló.

Recordó las nubes que había visto antes de entrar en aquella caverna, eran largas y estrechas, parecían destejidas, como si alguien las hubiera peinado y ahora seguían gritando de dolor. Sin embargo, en la distancia los gritos llegaron a sus sentidos convertidos en pequeños murmullos. Ella no cree a las personas que afirman que las nubes no dicen nada, porque a ella le regalan dibujos y le transmiten sensaciones. La de hoy no era nada buena. Salió de aquella cueva belga pensativa, y al subir la calle, una ráfaga de viento estimuló sus sentidos (excepto el de la vista, que quedó paralizado por su pelo). Allí siempre hacía frío. Permaneció un rato inmóvil: le gustaba aquella imagen.

Fue esa noche donde, gracias al gusto de la moca, se decidió. Después de haber terminado sus estudios, acondicionó su garaje y abrió un café, en pleno centro de Bruselas, donde el azúcar era llamado viento y la espuma nube. Ah, y la leche frío.

He estado allí hace poco, muy abrigada para no resfriarme.

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