Relatos

Paul Éluard bañado en sangre

Noche del 24 de abril
Llegó a casa agotado. Cual borracho, tardó más de lo normal en introducir la llave en la puerta de casa. Era la una de la mañana, el halo de las farolas partía la oscuridad nocturna y el aire, congelado, lo petrificaba todo. Nada más entrar en el vestíbulo, el cansancio se burló de él y le hizo creer que su cuerpo se iba a desplomar. Se tambaleó un poco y su pesada cabeza se inclinó ante su propia pesadez. Definitivamente, cualquiera que observase tan solo uno de sus movimientos podría darse cuenta de su estado de embriaguez.
Estiró los brazos para intentar estabilizarse. El cansancio lo castigaba sin misericordia; su cuerpo era la cruz. El movimiento tardó unos segundos en surtir efecto: había recuperado la estabilidad. Observó, a la derecha, su despacho, totalmente vacío, en penumbra. Seguro que su padre había pasado todo el día allí dejando escapar el tiempo.
En el estado en que se encontraba, decidió subir las escaleras muy lentamente. Al llegar, vio que Margot yacía en una esquina de la cama. Se moría por sentir el placentero contacto del colchón con su cuerpo. «Hoy solo será uno», se ordenó a sí mismo en voz baja. Se dirigió a su pequeña librería. Hoy necesitaba a Bécquer. Cuando se metió en cama tuvo la sensación de flotar entre algodones. Abrió el libro al azar. Las palabras dulces lo acariciaron y la suavidad de aquel lugar masajeó su cuerpo. Por fin pudo descansar.

Mañana del 25 de abril
Frank abrió los ojos: el sol disparaba los primeros rayos de luz de aquel día. Su pesadez corporal se había evaporado, y el olor a café le recordó lo mucho que deseaba bajar a desayunar.
Cuando entró en la cocina, Margot preparaba a toda prisa el almuerzo.
—Buenos días, Frank. Ayúdame, por favor. Los niños llegan tarde al colegio.
Respondió al momento a aquella petición: sacó las tazas y vació en ellas el cartón de leche. Se las dio a los dos pequeños cuando entraron por la puerta, con el pelo mojado. Ellos se acercaron a su madre y comieron las tostadas que les había preparado allí mismo, de pie. Frank contempló a su padre:
—¿Qué tal, papá?, ¿qué hiciste ayer?
Aquel anciano cruzó sus ojos con los de su hijo y se volvió a introducir en sí mismo sin decir palabra. Frank observó cómo introducía sus dedos en aquella naranja; la profanaba. Desde que su madre había fallecido, Papá apenas hablaba. Se pasaba todo el día fumando en pipa, solitario y melancólico. Frank estaba preocupado. Los miembros de aquella familia desayunaron dispersos en aquella cocina, pero eso no le impidió a Frank disfrutar del momento.
—Mar, escucha, me voy ya. No sé a qué hora volveré hoy. Si el asesino de los poemas se rige por alguna lógica, volverá a atacar hoy. Hay que atrapar a ese cabrón.
—No te preocupes, Frank. Pero últimamente trabajas demasiado. Cuando acabéis con esto deberías tomarte unos días de descanso. Por cierto, los niños hoy duermen en casa de mi madre. Yo voy al teatro con María.
—De acuerdo, cariño, pásalo bien. Adiós papá, te veo esta noche.

Frank trabajaba en la Brigada de Homicidios y Desaparecidos del Cuerpo Nacional de Policía. Llevaban meses centrados en el mismo caso, y todavía no habían encontrado ninguna pista que les abriese algún camino. El 25 de enero había aparecido una mujer asesinada al lado del puerto. Le habían clavado un poema en el pie derecho con una chincheta. El 25 de febrero llamó un joven a la comisaría diciendo que había encontrado el cadáver de otra en el centro de un parque infantil; esta vez habían fijado el poema en el muslo derecho. A la tercera la encontró un grupo de turistas el 25 de marzo en la plaza principal de la ciudad. En esta ocasión, la pequeña perforación se encontraba en el lado derecho del vientre. Tres mujeres asesinadas. Tres meses consecutivos. Tres poemas inéditos y escritos a máquina. Y hoy ese número se convertiría en cuatro.
Cuando llegó a la oficina, el ambiente estaba revuelto. La gente iba y venía, hablaba por teléfono más alto de lo normal o revolvía montones de papeles. Frank observó que no había nadie en la máquina de café: no había duda, los nervios estaban a flor de piel.
—Llegas cinco minutos tarde, Frank, cuidado. Sabes perfectamente qué día es hoy.
Cinco minutos. ¿Y qué más daba? Lo único que sabían acerca del asesino de los poemas era que hasta entonces había matado a tres señoras, y que a cada una de ellas les había adjuntado un poema distinto en forma de pendiente corporal. ¿Qué importaban cinco minutos, si no darían con él? Por lo menos no de momento.
No sabía qué hacer. Intuía que aquel día iba a ser distinto, y eso de alguna forma lo aliviaba. Durante aquella mañana, todos volvieron a reconstruir los asesinatos, uno por uno, para ver si podían llegar a alguna conclusión. Las tres mujeres habían perdido la vida de noche, por lo que aún tenían tiempo. Sin embargo, Frank no estuvo tan atento como de costumbre. Aquel día se sentía un extraño entre aquella gente sin saber por qué. Aquella reunión se dispersó en cuanto llegó la hora de la comida.
—Volved pronto, seguiremos con este caso. Debemos hacerlo.
Frank estaba seguro de que todos irían a comer en pequeños grupos, por lo que fue al baño y esperó hasta que todo estuviese en silencio. No quería que el portavoz de ninguna de aquella brigadas le preguntase si quería formar parte de la suya; necesitaba estar solo.
Una hamburguesa completa y una botella de agua, eses serían sus compañeros durante la comida. Masticó despacio, quería disfrutar de aquel momento. Llevaban ya semanas con aquel caso, y, al no disponer de pistas, el estrés aumentaba cada día; el tiempo se les escapaba. Pagó la cuenta y volvió algo más animado. Por una parte deseaba que alguien llamase ya y le anunciase la aparición de un cadáver, por lo menos así podría escaparse de aquel ambiente cargado.

Tarde del 25 de abril
Al salir del ascensor, vio que en la oficina solo había cuatro o cinco compañeros.
—Cómo tarda la gente… Menos mal que hoy es el día.
—¿Cómo? ¿No te has enterado? Pero ¿dónde estabas? ¡Ya han llamado! Si quieres vente conmigo, salgo ahora.
Frank aceptó; no le apetecía nada conducir.
Casi todos sus compañeros se habían trasladado allí con el objetivo de hallar alguna pista que les condujese hasta el asesino de los poemas. Pero no, aquel cuerpo no era el que esperaban. Ni se trataba de una mujer ni había ningún poema en la escena del crimen. Además, todavía era demasiado temprano. La mayoría de ellos volvieron a la oficina: debían permanecer atentos, esperar una llamada. Otros decidieron patrullar las calles en busca de movimientos sospechosos.
Cuando Frank llegó a la oficina, se dejó caer en la primera silla que atisbó. Apoyó los codos en el borde de una mesa y entre sus manos colocó la cabeza; deseaba que aquel día llegase a su fin, volver a sentir el algodón en su espalda dolorida y en sus piernas cansadas.

25 de abril, 20:00 h
Frank dormitaba en la misma posición. De repente, sonó su teléfono. La pantalla le comunicó que lo llamaba su padre. Le pareció raro; el autor de sus días apenas hablaba con él desde que Mamá había fallecido.
—Hola, papá.
—(…)
—¿Hola?
—(…)
—Papá, ¿estás ahí?

Papá colgó. Si llevaban tanto tiempo sin hablar en persona, igual le costaba todavía más comunicarse por teléfono. No se preocupó.
A las once de la noche no había ninguna novedad. Dejaron que Frank y otros que terminaban su turno a esa hora se marchasen a casa. Les avisarían si ocurría algo.
Quería conducir a toda prisa para poder llegar a casa cuanto antes; sólo pensaba en dormir. Sin embargo, se obligó a sí mismo a respetar los límites de velocidad.
Volvió a entrar en el vestíbulo de una forma parecida a la noche anterior. Dejó las llaves en encima del aparador y entró en la cocina en busca de su padre. A esa hora siempre estaba cenando, pero no esa noche. Se dirigió hacia su propio despacho, que se había convertido en el refugio de Papá, pero tampoco se encontraba allí esta vez. Esta vez se colocó de frente a las escaleras, en actitud desafiante, y preguntó al aire:
—¿Estás arriba, Papá?
Pero no obtuvo respuesta. Se empezó a impacientar, por lo que decidió subir para ver si ya dormía. Vio que la luz del baño estaba encendida y soltó una larga espiración. La angustia opresora que había empezado a notar en su pecho era insoportable, y se acentuó al penetrar en aquel cuarto. Sí, Papá estaba allí, en la bañera, una bañera que estaba llena de sangre, una sangre que estaba fuera de su cuerpo, un cuerpo que ya no estaba vivo. En su pecho derecho, justo donde acaba aquel Mar Rojo, vislumbró una chincheta. El agua ensangrentada había devorado el poema. Frank, petrificado, permaneció observando a su padre durante unos segundos que se presentaron eternos. Cuando reaccionó, quiso abalanzarse sobre él, pero nada más proferir un solo paso se dio cuenta de que el suelo estaba lleno de folios. Se detuvo, agachó su cuerpo y empezó a leer el contenido de todos ellos: los tres poemas que habían encontrado adjuntos a los cuerpos de las mujeres, copiados una y otra vez. En el pecho de su progenitor habían clavado uno nuevo. Un poema de Paul Éluard, el favorito de su madre. Frank no pudo leerlo porque las palabras se habían ahogado. Pero pudo apreciar el nombre de ese poeta en un trozo que navegaba, a la deriva, por aquella superficie. De repente lo entendió todo. Se percató de que las señoras asesinadas se parecían mucho a Mamá y de que todas eran maestras de escuela, al igual que ella. El asesino de los poemas no volvería a actuar. Miró a su padre, incrédulo, y la cabeza empezó a darle vueltas. Esta vez sí que cayó redondo.

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