Relatos

Mis manos nunca fueron de azúcar

Mis manos nunca fueron de azúcar. Si lo fueran, llegarían a un consenso para convertirse en gruesos terrones, ascenderían a lo más alto del cielo y desde allí caerían. Partirían mi cabeza en mil pedazos, todos dulces, se romperían a sí mismos, impactarían duramente contra el suelo y levantarían las baldosas, cuyos restos se erguirían como estacas, que traducirían los pies de los transeúntes en jirones y dejarían a mi ciudad dormitando en sangre. El azúcar se diluiría en ella, porque la sangre circula rápidamente, y todo lo que fluye, sobre todo a esa velocidad, se abriga a sí mismo, por eso permanece caliente. Es algo parecido a la corriente que se desata tras la rotura de la cáscara de un huevo, o la que da inicio cuando se parte una nube. La sangre lo traga todo porque siempre permanece caliente. La sangre es un torbellino caliente que lo engulle todo. La sangre abre sus fauces como una horrible bestia y mientras el mundo, imantado, se va posando poco a poco en su interminable estómago, ella se abriga en su rapidez y en el placer de destruirlo todo. Yo soy sangre. Pero mis manos nunca fueron de azúcar. Y aunque la frase anterior sea tan evocadora como un rinoceronte de algodón posándose sobre una copa de cristal, todo lo que implica se hizo carne. Se hizo carne en mí. En mí, que me ofrecí como la pausa obligatoria, el cuerno de ese rinoceronte ahora cárnico que amenaza con la espiral que contiene. Nací en calidad de maldición, de detención.
Incluso la velocidad se mataba en mí. Pero yo nunca tuve la culpa. Te juro que nunca tuve la culpa.
Me limité a obedecer órdenes. «Trázate allí», me decían, y yo, inexistente todavía, me limitaba a asentir con mi cabeza omnipresente y me dibujaba a mí misma. Siempre me dibujé con punta negra, una brecha bien honda, bien incrustada. Penetraba en cada poro y en cada límite. Me creé como ese foso abismal que se vuelve infinito entre losas pétreas. En mí únicamente se acumulaban restos: la ceniza, el polvo, los deshechos. Los deshechos humanos. Lo que nadie desea. En mí se alzaban muros de acero hacia abajo y de invisibilidad hacia arriba. Los pájaros se desnudaban nada más intuirme. Se evaporaban. Porque yo implico el silencio. Las palabras se asfixiaban a propósito para no coexistir conmigo. La gallarda bailarina de ballet se anidaba ante mi presencia. Me denegaron el placer de sentir en mí miradas infantiles. Todos sabían de mi hambre de inocencia. Pero te juro que yo no quería. No. Mis tripas rugían cuando ellos las activaban y yo tenía que responder debido a mis impulsos. En el fondo me dolía. La garra de una fiera abriéndome el pecho. La boca de la bestia hundiéndose en mis entrañas. Su lengua lamiendo mi interior vacío. Limpiándome. Siempre. Constantemente. La suciedad renacía y las flores nunca brotaban. Ni dentro ni fuera. Y el azúcar nunca llegó. No, mis manos nunca fueron de azúcar. Yo solo provoqué sangre. Yo, sangre. Una sangre que olía a quemado y a limón. Estacas y pies en jirones y lazos de piel de carne y pedazos. Me permitieron diseñarme pero no bautizarme. Nunca me gustó mi nombre (me decían Frontera) por todo lo que he conllevado, impedido, arrancado. Pero quiero dotarme de un nuevo significado. Vaciarme y volverme a llenar, esta vez de mí. He decidido purificarme. Primer paso: escribir mi historia a mi largo con tinta blanca. Una y otra vez. Porque desgraciadamente me hicieron infinita. No soy nada más que una recta interminable que desconoce cómo pensarme de otro modo. Mientras tanto, escribo. Una y otra vez.
Mis manos nunca fueron de azúcar…

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