Relatos

Entre sábanas y desgarros

Entre sábanas y desgarros me preguntaba adónde viajaba la energía que me hacías expulsar. Quería engañarme: yo era la única responsable de aquel traslado. Era la yo pequeñita que residía dentro de mi propio cuerpo quien se encargaba de arrinconar mi propia fuerza en los límites de mi envoltorio. Cuando ya la tenía allí, tan cerca del exterior, soplaba y soplaba para que me abandonase. La chiquilla se esforzaba tanto (no os podéis ni imaginar cómo sudaba) que realizaba aquella tarea a la perfección, pulcramente: no quedaba ni un gramo de aquello que tanto la molestaba. Y entonces, estuviese yo donde estuviese, su estado de ánimo se traducía en el mío propio. Ya podía encontrarme yo experimentando sensaciones estimuladoras, como las que provocan la inmovilidad de un pajarillo o el entramado de palabras del texto de una buena amiga, o en medio de una quietud desestabilizadora, como la que te invade cuando de las ramas de tus manos no brotan hojas, que, de repente, adoptaba la misma postura de la niñita que albergaba. Ambas éramos Campanillas cuando los niños no creían en las hadas, aunque, en este caso, la falta de estima no provenía del exterior.

Entre sábanas y desgarros me preguntaba adónde acababa de viajar la energía que me había restado la discusión que, simplemente, había sucedido. Me quería engañar: la sustracción había sido provocada por los cuchillos que volaban alrededor de mis venas, aquellos que la niña no podía expulsar porque no podía hacer nada más que esquivarlos. La función de la pequeña no se reducía únicamente a eliminar aquella sustancia que me mantenía enderezada, sino que además debía luchar contra las tormentas que yo misma lanzaba. Nos heríamos mutuamente, y en esta ocasión nos herimos tanto que, tumbada entre sábanas y desgarros, me adormecí. Yo permanecí varias horas en aquel limbo, como suspensa en la mitad de un pozo drenado; ella dando vueltas en sí misma, como centrifugándose.

Y entonces, a pesar de que los rayos de la realidad todavía podían tocar mi cuerpo, tuve un sueño. El sol brillaba espléndido y yo, montada en una bicicleta, pedaleaba ligeramente sobre un bello paseo de madera que serpenteaba sobre el mar. De pronto, el camino se interrumpió y caí en una superficie que resultó ser tan poco profunda como un charco fruto de una llovizna. A los pocos segundos, de esos pocos centímetros de grosos brotó una casita de cal que resultó ser nada menos que una cantina (se conoce que todos los que allí llegaban necesitaban recuperar algo que habían perdido por el camino… ¿o quizá en la caída?). El camarero me saludó amablemente. Yo, sin embargo, le arremetí con una pregunta: «¿Qué puedo hacer ahora sin camino?». Me clavó en los ojos una mirada de comprensión y, acto seguido, levantó un brazo y me indicó algo con el dedo índice. Al girar la cabeza, pude observar que me señalaba una senda que se dibujaba a lo lejos. Aquel sendero también estaba compuesto de rectángulos de madera, pero su tinte era más oscuro que aquel que yo había seguido, era perpendicular respecto a este y, además, recto.

Me levanté, mojada, y erguí también la bicicleta. Cuando me giré para deshacer (supongo) la única vía que siempre había contemplado, me desperté. Ya no había agua, pero sí un suelo que también servía de base a numerosos caminos metafóricos, invisibles. Me di cuenta de que la pequeña se había ahogado, y de que yo debía buscar, a lo lejos, aquel nuevo camino. Me deshice de las sábanas, y tejí los desgarros.

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