Relatos

Hypothymis azurea

Cojo mi maleta, diminuta, recorro el pasillo y cruzo el umbral, cabizbaja. ¿Qué quieres que haga? Deseas la partida, porque mi falta de oxígeno te contagia. Permaneces estático. En este espacio nunca me encuentro, más bien me desencuentro. Aquí (mejor dicho, ya ahí) mis átomos se dispersan por todas las estancias y permanecen siempre inconexos, todos ellos. Me disgrego. Me pierdo entre cada mueble, entre idas y venidas, entre encuentros y desencuentros, entre ropa sucia, lavadora, ropa limpia, olor a detergente, olor a comida recién hecha, el rumor de los vecinos, la humedad, la que ya es inherente a este lugar y la que producían nuestros cuerpos, sudorosos, todas las noches de verano (también las de invierno). Ahí, en donde converge todo, he aprendido a divergir de mí.

Vuelvo a mi nido, al punto donde se inició todo, al lugar del que hace tiempo huí conscientemente, tremendamente conscientemente; el único lugar, a pesar de todo, estable. Destrenzo todos mis caminos y borro todo el esfuerzo. ¿Se tratará solamente de un paréntesis, de algo pasajero, o mis huellas se evaporarán para siempre y, cuando regrese a casa, únicamente se abrirá ante ella un desierto de arena perfectamente liso, un camino impoluto, virgen?

Ya se ha producido el retorno. Ha sido una decisión no premeditada, pero que ansiaba ser ejecutada. Por eso se hizo dueña de mí. Se encontraba escondida en mi estómago bajo la forma de una canica hasta que decidió expandir su territorio. Explotó y se instaló incluso en el más minúsculo punto de mí. Atravieso el marco de la puerta y vuelve ese olor de antaño, mezcla de ambientador de frutos rojos, café y tabaco. Huele a limpio también, a aspiradora recién pasada, a polvo todavía flotando. Las escaleras me suplican la subida, pero yo poso la valija en la baldosa que todavía presenta la grieta que nació el día en que le cayó encima mi bici (¿cuánto tiempo ha pasado desde entonces? ¿dónde está aquella bicicleta roja, presida por una gran cesta de mimbre en la que introducía margaritas durante mis paseos estivales o los alimentos que la abuela me mandaba ir a comprar al pueblo los domingos por la mañana?). Permanezco inmóvil durante unos segundos. ¿Quién estará en la cocina? ¿Quién toma café a horas intempestivas?

Decido adentrarme en el nido, pasan las horas y siento su abrazo. ¿Son realmente estas plumas las que necesito? Hace mucho tiempo ya que rehuí su contacto. No me acabo de sentir cómoda, pero ciertos detalles me transportan a momentos largamente nostalgiados. Este olor sí, este olor que no sabría describir. Quizás mezcla de arándanos, jazmín y anís. A día de hoy podemos visualizar cualquier cosa mediante tan solo algunos golpes en el teclado. ¿Serías capaz de describirme a un monarca nuquinegro? ¿Sabes siquiera lo que es? No te preocupes. Introduce ese nombre en cualquier buscador y en décimas de segundo tendrás acceso a una cantidad ingente de información sobre él. Sin embargo, la tecnología no permite poder acceder de la misma forma a los olores. Para muchas personas, entre las que me incluyo, la belleza de ciertos recuerdos se acentúa con el perfume inherente a ellos. Cuando leí la primera parte de En busca del tiempo perdido, me quedé, entre otros, con el siguiente fragmento: «Cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más vivos, más frágiles, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el sabor y el olor perduran mucho más; y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y en su impalpable vapor de agua soportan sin doblegarse el edificio enorme del recuerdo». Sueño con que algún día, sentada frente al ordenador, cuando el paso de tiempo haya borrado la nitidez de cierto aroma en particular, de la pantalla brote un puño que, al abrirse, me inunde con la fragancia en cuestión. Ojalá la tecnología me ofrezca algún día esa posibilidad.

Necesito airearme, por lo que salgo por primera vez hacia la nada. No hay ninguna senda: la primera la abro yo. La arena se ofrece como una superficie sorprendentemente cómoda y cálida. Es verano, y en sentido contrario pasan flotando y corriendo fantasmas de niños, todos ellos con helados de la mano y con las manos y la boca pegajosas. Ojalá. Ojalá yo… Pero no. Ya no. Cuando los chiquillos pasan de largo, su pegajosidad se separa de ellos, se traslada a mi pecho y me oprime. Clava sus garras en el interior de mis senos y me desgarra. Tengo que regresar. Pero ¿a dónde?

Regresar… Regresar al inicio, pero ¿a cuál? He retornado porque me perdía. Pero ¿acaso me encuentro aquí? ¿Acaso no acentúa esta partida mi inestabilidad? ¿De qué huyo? ¿De mí? ¿Por qué? He decidido fugarme para encontrar mi punto de fuga. Ahora dudo de la lógica de esa decisión. Yo debo ser mi propio centro en cualquier lugar, en cualquier momento, a pesar de las características del entorno, de cualquier amenaza, de cualquier posible obstáculo.

Me estoy dando cuenta de que este texto supone la continuación de esa senda ya abierta. He vuelto al nido, pero pronto emprenderé de nuevo el vuelo. Sé que tú todavía permaneces estático. Permaneces estático como perfecto puerto de llegada, porque sabes, a pesar de todo, que debes permanecer inmóvil para que yo llegue sin problemas a ti. Ahora que me he vuelto a encontrar, pronto regresaré a tu lado. Solo tengo que acabar de cargar la maleta con los últimos trozos de mí (¿dónde se habrán metido los malditos?).

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