Relatos

Reflexiones apresuradas

Ocho y media de la tarde de una tarde fría y lluviosa de noviembre. De regreso a mi casa, observo que los cuerpos de los transeúntes que llevan, detrás de mí, mi misma dirección, me adelantan: sus pasos son bastantes más rápidos que el mío y, de repente, me convierto en ese coche que pone de los nervios a los demás conductores. Siento su rapidez, sus manos, en mi espalda: me empujan, y si no apuro el paso, si tropiezo, si me despisto, caeré, caeré en todos los sentidos, y permaneceré frágil en una nebulosa negra compuesta por la velocidad de movimiento del resto de seres ¿humanos? Este simple hecho me lleva a reflexionar sobre lo acostumbrados que estamos a contemplar el reloj cada pocos minutos, sobre la amistad que hemos trabado con el agobio y la enemistad que nos hemos granjeado con nosotros mismos: el camino único, ya trazado, vertiginoso, nos conduce a la supresión de nuestro propio ritmo, del deshecho de nuestra esencia como algo único, el elemento capaz de resucitarnos a nosotros mismos cada cierto tiempo. Si partimos de la base de que la senda, no la que se nos obliga a seguir, sino aquella que debemos trazar individualmente, virará, cambiará, se metamorfoseará, quizás debamos apoyarnos en nuestra entereza, y no dejar que sean nuestros acompañantes los que nos auxilien, ya que siempre habrá tramos en los que no tendremos a nadie a nuestro lado. De vuelta, repito, a casa, pienso en que me gustaría contemplarme en el espejo como un hecho puro, sin prisas, con el propósito de vislumbrar en él, de esbozar en él, a grandes rasgos, mi propia meta: un objetivo como aliciente, como nexo de unión entre yo y la realidad. Y el fracaso nunca será una derrota, porque al menos habré encontrado una bifurcación que se convierta en carril de desaceleración. Pero no hay tiempo, no me dejan tiempo. No puedo pensar. En este camino de regreso, me dan ganas de girarme y gritarle a esas manos que me dejen e s p a c i o (¿por qué apresuran mis pasos?, ¿por qué me tocan?). Escucho una conversación en la otra acera: un señor canoso sentado en un banco, sin paraguas (recuerda: llueve). Se acerca un amigo. «¿Qué haces ahí, Manuel?». Respuesta: «Estoy tomando el sol».

De repente, Manuel se convierte en un héroe para mí: nadie lo toca, ni siquiera su amigo, que solo pasa cerca de él, porque ha sabido imponerse. En medio de la lluvia, que siempre invita (todavía más) a la prisa, ha tomado la decisión de quedarse quieto, de disfrutar del placer que le ofrece su elección personal. Contemplo a Manuel durante unos instantes, se ha convertido en mi héroe diario. Prosigo mi camino con la esperanza de encontrar en él a otros «manueles» y, quién sabe, quizás algún día me convierta yo en uno, eso sí, cuando tenga tiempo.

Texto originalmente escrito para La metafísica del circo

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