Piezas de la realidad · Relatos

Piezas de la realidad – Adela

El 31 de diciembre se abría como otro día demasiado cualquiera, al igual que las Nocheviejas de los últimos años. Ya no sentía esas burbujas nerviosas en el estómago, ni la esperanza inherente al hecho de comenzar un nuevo año y todo lo que eso conllevaba, ni mucho menos las ganas de mimar y estilizar su cuerpo para acabar el año sintiéndose cómoda en él. Esa mañana, el despertador había sonado con la misma melodía de siempre. Ella lo había apagado con el mismo cansancio de todos los días. Él no la había abrazado al despertarse, así como tampoco le había ofrecido un beso que le infundara ánimos para afrontar el día con valentía. Él hacía mucho tiempo que no lo hacía y, por tanto, ella llevaba demasiado tiempo sin ser valiente.

Condujo hasta el centro de la ciudad lentamente acompañada de unas ojeras de tono azulado y de un pelo enmarañado. Abrió el establecimiento y comenzó a acondicionarlo para que sirviese de cómodo refugio a todos aquellos que deseasen colmar su cuerpo de placer dentro de él: mesas listas y perfectamente limpias, cafetera encendida, exprimidor listo para ser accionado, barra despejada. Se enfundó el mandil, comenzó a sacar del lavavajillas diferentes elementos que componían una vajilla casi infinita y los fue colocando paulatinamente en sus respectivos almacenes.

A lo largo de la mañana, diversos repartidores fueron surtiendo de bollería la sección de pastelería. En la vitrina de cristal que se mostraba al público fueron apareciendo bollos tanto dulces como salados. En aquella ciudad, los de más éxito siempre habían sido los primeros, y ese día no se había presentado como una excepción. La jornada había transcurrido como cualquier otra: horas de afluencia máxima, horas que se denominaban «de temporada baja», niños revoltones y escandalosos, niños obedientes y silenciosos, clientes de toda clase y roturas de varios objetos de cristal.

Ella había finalizado su jornada laboral con el mismo aspecto descuidado de la mañana y con una desilusión total por celebrar la cena de Nochevieja. Al llegar a casa a media tarde, se volvió a poner el mandil, esta vez el casero, y se puso a cocinar con desgana. Poco después, él llegó y entró con el niño en la cocina. Los dos habían pasado el día en el parque de ocio que habían instalado en el centro de la ciudad. La cafetería en la que ella trabajaba se encontraba situada a pocos metros de allí. Sin embargo, él ni siquiera se había dignado a darle una visita. Ahora, en la cocina, jugó un poco con el pequeño, se lo volvió a entregar a su marido e intentó centrarse en los fogones, aunque la concentración parecía esforzarse por huir de ella.

Aquella noche solo se sentaron los dos en la mesa. Él y Ella, confrontados, evitaron los cruces de miradas. El niño dormía. Ellos comieron con rapidez y lentitud. Había que alargar la cena hasta las doce, pero también tenían que huir uno del otro. Expansión y contracción inexplicablemente simultáneas. Acabaron de cenar, introdujeron en cada boca las doce uvas y acto seguido recogieron la mesa. Él subió al dormitorio. Ella se recostó en el sofá, encendió el televisor, se tapó con una manta y se quedó dormida hasta que, pocas horas después, la alarma de su teléfono móvil empezó a sonar, más pronto que de costumbre.

Con el aspecto revuelto y el cansancio del día anterior acentuados, trazó con su coche y con sus piernas el mismo camino de la mañana del ya pasado treinta y uno de diciembre (incluso encontró el mismo sitio libre para aparcar). El día uno de enero, al comenzar a abrir sus brazos, desprendía un frío gélido. Ella volvió a abrir el establecimiento y también a ponerlo a punto. Sin embargo, esa madrugada insertó un elemento nuevo en la rutina de las aperturas: había que preparar el chocolate, y también los churros, así que se introdujo en la cocina (esta vez ya no se puso el mandil) y comenzó, de nuevo, a cocinar. Poco después llegaron sus dos compañeras.

La gente, en su mayoría adolescentes, fue llegando a partir de las siete y media de la mañana. Todos pedían lo mismo. Durante algunas horas, ella había cambiado la ocupación de camarera por la de cocinera. Se encontraba más cómoda en la cocina, ya que no allí no tenía que fingir ser feliz, así como tampoco debía esforzarse por hablar. Últimamente los intercambios de palabras, por muy breves que fuesen, la agotaban, la asfixiaban.

Las acciones repetitivas de introducir el chocolate líquido en tazas y de sacar los churros de la freidora y escurrirlos solo se interrumpió cuando, de repente, entre el rumor de la gente que charlaba allí fuera distinguió con nitidez aquella voz masculina. Se quedó inmóvil, como si la hubiesen petrificado. Era aquel cliente. El cliente.

―Adela, ¿qué haces?

Salió de su ensimismamiento cuando una de sus compañeras se colocó delante de su cara y la obligó a reaccionar.

―¿Puedes echarnos una mano ahí fuera? Está entrando mucha gente ―le preguntó.

―Sí, claro… Pero, mira, ¿antes me podrías hacer un favor? ―le pidió Adela a su compañera mientras esta última depositaba varias tazas en su bandeja.

―Vale, dime.

―¿Podrías traerme mi bolso? Está detrás de la barra.

―Claro, dejo esto y te lo traigo.

Adela empezó a llenar tazas y a escurrir churros a toda velocidad, visiblemente mejorada, como si de repente aquel trabajo colmase su felicidad. Pero no, aquella no era la causa de su emoción repentina. Su compañera le entregó el bolso y, en cuanto esta hubo abandonado la cocina, se quitó la cofia de la cabeza. Se arrinconó en una esquina e introdujo la mano en su bolso para extraer de él su peine y su barra de carmín. Lo primero que sacó de aquel objeto, sin embargo, fue el chupete de su hijo. Echó un vistazo al umbral que tenía la intención de traspasar y, asustada, se preguntó:

―¿Qué estoy haciendo?

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