Poesía

Habit(u)ar las casas – poema tríptico

acurrucamiento-activo

[ 1. La corporeidad ]

No somos cuerpos.
Solo los habitamos temporalmente.

Nuestra corporeidad se justifica
porque es un cerco que la lluvia
puede mojar hasta un determinado momento.

Cuando la humedad ya no sea posible y
nos volvamos pura sequedad,
nuestras moradas se desmoronarán,
pero los cimientos de nuestras esencias transmutarán
hacia lo eterno:
aquel punto en que el polvo inerte
dibuje mareas con la espuma
de toda la belleza extinta.

[ 2. El hábito ]

No solo los cuerpos deben amoldarse a las casas.
También debemos habituar las casas a los cuerpos.
Prepararlas para que se acostumbren a las pieles muertas.
Hablarles de las visitas inesperadas, de las pérdidas inoportunas,
siempre presentes.
Mantenerlas pulcramente limpias,
pero recordarles que la puerta de la suciedad
no se cierra nunca,
que las infecciones pueden penetrar
en cualquier momento.

Dialogar con nuestros hogares
se vuelve impresincible si pensamos en ellos
como un agente más
inserto en el río
de nuestras vidas.

[ 3. El vuelo ]

Hoy no me queda más remedio que escribir
en el lenguaje de las piedras
para no sentir mis palabras.

Hoy el suelo ya no se dibuja con tierra húmeda
ni tampoco llega ya la brisa fresca del río a esta casa
que se desmorona en mis brazos.
Hoy mis labios caen; han perdido la esperanza de
extasiarse con el jugo de las naranjas de antaño.

De los cuadros colgados en mi mente
van desapareciendo paulatinamente los trazos
y todo indicio de color,
y mi piel, simultáneamente, borra de ella
el recuerdo de tantas y tantas caricias.
Yo excluyo la posibilidad de que se produzcan
otras nuevas aumentando el grosor de
los límites de mi cuerpo
(necesito aislar mi físico para que no penetre en él
el dolor inherente al desgaste, a la pérdida, al olvido).

Sola y ya solamente dentro de mí
intento solidificar el aire que circula por mi interior.
Permamenzco completamente inmóvil.
Me vuelvo pétrea y,
de repente, me apago.
Y entonces vuelo:
vuelo por encima de todo,
por encima del paisaje en ruinas
que configura mi propio pasado;
sobrevuelo la destrucción que fui.

Y ahora me callo y ya no escribo
porque las aves carecen de palabras:
su único lenguaje
es el viento.

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